Cuando no digo nada, es muy buena señal: significa que me siento intimidado. Cuando me siento intimidado, es muy buena señal: significa que me estoy enamorando. Y cuando me enamoro, es muy mala señal Frédéric Beigbeder, 13,99 euros (via senildion)

Lección de magia

- Entonces, ¿Qué harás la próxima vez que te den ganas de improvisar en medio de una evaluación?

- No hacerlo.

- Eres un buen estudiante, no quiero que el resto del comité evaluador tenga una mala opinión de ti. Lo último que necesitas son más dificultades que con las que naciste.

Brollo miró al suelo. Su tutor no pretendía insultarlo, solo señalarle lo que había dicho mil veces, que la escasa paciencia, y abundante curiosidad son veneno. Y él estaba lleno de esta ponzoña. En una letal fórmula que mezclaba además un desprecio por la autoridad y una gran potencialidad, pero un estable aunque serpenteante sentido de justicia, hacía de la vida de Brollo un dificultoso vaivén de decisiones y contradecisiones. Había entrado a estudiar para ser más fuerte y poder llevar adelante la justicia en la que creía, pero a la vez se encontraba más y más rebelde contra la rígida oligarquía y favoritismo presentes en su nuevo entorno.

El ingenuo ogok levantó la mirada para ver como su tutor se sacudía el polvo en que había quedado cubierto tras el escandaloso fin de la presentación práctica de su alumno. Tras la puerta se escuchaban quejas y alguno que otro murmullo, que no permitían al ogok dilucidar que ocurría dentro de la sala.

- Puedo hacerlo… mejor la… próxima vez… si hay… una próxima vez - dijo Brollo, como siempre respirando profundamente cada dos palabras. El respirador que le habían procurado era excelente, pero esto de respirar y hablar por el mismo orificio… se tornaba incómodo.

- Siempre hay una próxima vez - dijo Enarcalam, agachándose un poco para quedar a la misma altura que su alumno - sino aquí, a donde decidas ir después, frente a un comité o frente a quienes decidas ayudar. Sé que pase lo que pase, no morirá tu espíritu, aunque tu carrera de mago colegiado se vaya al suelo.

Los ogok no tienen gestos faciales homologables a los del thener o ghilio, pero la contorsión de sus apéndices faciales era el equivalente a una sonrisa. Y aunque un montón de magos pomposos y favoritistas no le diera su aprobación, él no la necesitaba.

Abrió otra vez la puerta y enfrentó al comité polvoriento. Con miradas pétreas, los profesores recibieron por segunda vez, aunque ahora con una pequeña justificación, al escuálido y pegajoso alumno.

"Y más vale" pensó Brollo "que se alisten para una o dos improvisaciones más"

Se levantó, se estiró sobre la punta de sus pies, extendiendo su cuerpo a lo largo y ancho de la pequeña habitación. Listo para otro día de trabajo. Con una zarpa tan limpia como podía esperarse de las circunstancias, el Ghilio ordenó las mechas que colgaban sucias sobre su cabeza, enredadas y con mugre de días. Uno de estos días tendría que encargar el local e ir al río cercano a desprenderse de unas decenas de gramos de tierra y hollín.

Saludando a sus vecinos, a sus colegas y a unos animalillos que se habían instalado en el callejón hace un par de semanas, llegó a su humilde local de trabajo. Una esquina, transitada pero no tanto, con mala vigilancia, y con un par de escondites cercanos que la hacían la envidia de los ladrones menos aptos, y la causa de muerte de un par de listillos que no conocieron los límites a tiempo.

Una cría de estas criaturas del continente dio un par de saltos y se puso a sus pies, mirándolo atentamente. Tras unos segundos, volvió donde sus padres y siguió observando. Desde que los Ghilios llegaran a tierra firme habían tenido que aprender una gran cantidad de nombres, y honestamente Bantro no era de los que quisieran gastar espacio en su memoria para recordar como se llamaba una bestiecita insignificante. Ya había pensado nombres que ponerle a los dos padres y las tres crías, pero no tenía unos adecuados.

Volviendo a su profesión, revisó con la mirada las tres calles que iban a parar a su esquina. No había guardias, ni competencia. Había mercaderes de temprano, transeúntes apurados, y eventualmente se formaban cúmulos de gente que se deban de cara al girar en las esquinas, produciendo unos pequeños atochamientos. Perfecto, como todas las mañanas.

Bantro se integró a la multitud, con una hoja casi del porte de su dedo pequeño asomando de su roñosa manga, acechando bolsas que colgaran. Últimamente se estaba haciendo más difícil encontrar bolsas, desde que tras adherir a la Liga de Veenedaar, una masa cada vez mayor de comerciantes prefiriera cambiar las monedas físicas por el mana, una especie de crédito mágico que los Thener usaban para ahorrarse tener sus enormes fortunas con ellos en todo tiempo. Pero aún había de que vivir, muchos desconfiados y conservadores aún tenían ese primal antojo de poseer, tocar, bañarse en su dinero si tenían el suficiente, y las bolsas subsistían. Y con ellas Bantro.

Un mercader con apariencia de torpe y brutal, que pasaba al ladrón por dos cabezas, pasó ostentando una bolsa de proporciones correspondientes. Sus enormes brazos y garras oscilaban a sus lados, y la gente se apartaba para dejarlo pasar, y se arremolinaba tras de él para aprovechar el espacio que abría.

No fueron necesarios más de dos pestañeos, un silencioso movimiento de muñeca y suerte para que el ladrón se encontrara dando la espalda al enorme mercader, alejándose con un saco muy pesado envuelto en la capa. Uno más, como todos los días. Bantro debía volver a dejar el saco antes de meterse en problemas, y escurriéndose entre las sombras volvió a su pequeña habitación. Solamente ahí, en la seguridad, abrió el saco. Esbozó una sonrisa.

Otra vez se dirigió a su lugar de trabajo, pasando por los tres callejones y dos cuadras hasta su esquinita.

La mañana transcurrió como siempre, y una pequeña cartera se unió a su botín. Le apenaba robar a damas tan bonitas como aquella, porque probablemente serían castigadas, y honestamente no era su culpa, era culpa de la desconocida madre de Bantro por concebir tan perfecto ladrón. O eso quería pensar.

Como siempre a media tarde utilizó una fracción del botín del día para comer algo, beber un vaso grande de bebida thenérica, y cuando el sol estaba en lo más alto, se retiró a su pequeña guarida a dormir una siesta.

La pequeña siesta no fue tan pequeña, como le pasaba bastante en el último tiempo. Se levantó cuando las sombras estaban demasiado largas, y se maldijo por haberse perdido la hora de la vuelta a casa. Ya la concurrencia de la esquina sería menor, y solo disminuiría hasta extinguirse junto con la luz del día. En la noche hacía mucho frío, y los guardias comenzaban las rondas. Podía decirse que las sombras no acompañaban mucho al ladrón esos días.

Pero ya qué. Se levantó, se estiró, y otra vez se dirigió a su esquina. Saludó a los pocos conocidos que vio en el camino, pateó una piedra, y giró en la última calle hasta su destino. Y había alguien en su lugar.

De verdad habían muchas personas, pero el identificó inmediatamente a quien era el ladrón de todos ellos. Alto, pálido, de apariencia saludable. No era una visión normal, era un Thener mestizo, producto de demasiado intercambio cultural entre Ghilios y Thener. Tenía un aura mágica extraña, pero así eran todos ellos. Ni Ghilio ni Thener, sino todo lo contrario, como decían algunos.

Si bien no era un genio como los estudiosos arcanos, tenía el tino de no meterse en una pelea con un Thener Lladan… al menos no en una pelea justa. No si quería salirse con la suya. También necesitaba un poco más de estudio de su rival.

Apenas comenzó a caminar en dirección del indeseado, éste le clavo una seria mirada. Directo a los ojos, mirando más profundo de lo que los ojos de un Ghilio podían. Un escalofrío recorrió desde las cejas hasta la nuca, y luego a todo el cuerpo de Bantro. Las cosas deberían ser más fáciles.

Como ladrón adecuado a una vida difícil, las armas ya estaban escondidas en su ropa, de forma tal que estaban más en peligro de caerse al suelo que de ser un obstáculo al movimiento y revelar su obvia existencia. Bantro no dudó que el intruso ya estaba al tanto de la mayoría de su arsenal y su ubicación, pero lo que siempre era un refuerzo interesante eran las armas tan estúpidamente escondidas que no eran fáciles de adivinar. Y Bantro llevaba más de una.

"Oye, creo que estás en mi esquina" intentó decir mentalmente a su rival, pero él había bloqueado su mente, obligándolo a acercarse a una distancia incómoda para susurrarlo al oído. Repitió el mismo mensaje cuando se acercó y se pudo poner hombro con hombro con el mestizo. El aludido se limitó a girar y en dos pasos desaparecer por uno de los escondites que Bantro pensaba que nadie más conocía, que dirigía al patio de una casa en la que raramente había actividad.

Frente a frente, en el patio oscuro y sucio de la casa, se quedaron quietos los dos ladrones. Bantro con la presencia del defensor, el otro con un aire de orgullo y desafío difícilmente soportable.

- Hay varias esquinas más recomendables para alguien de tu tipo, yo personalmente me quedo aquí por costumbre - dijo Bantro en voz alta.

El Thener Lladan no contestó, solo lo observó. Unos segundos incómodos pasaron. Una respuesta indescifrable salió de su boca, como un murmullo.

Bantro se puso más tenso. Los mestizos eran extraños, y de verdad estaba sondando el ambiente en todo momento para evitar ataques sorpresa, pero no detectaba nada, haciendo de la situación tanto o más preocupante. El aura extraña seguía emanando del mestizo, y no dejaba de oscilar en ondas extrañas.

"Morirás, como todos los otros" dijo el intruso, pero no en la lengua de los Ghilios ni de los Thener. Lo dijo claramente en el lenguaje de las sombras, que los asesinos y brujos de sombras podían hablar, nadie más, de cualquier facción o alianza. Bantro se paralizó del miedo. En general no se usaba ese lenguaje, y cuando se usaba era porque no había otro lenguaje común que pudiera hablarse. Quien tenía en frente no era Thener, ni Thener Lladan.

Y en ese segundo la ilusión se rompió. Tan poderosa era la magia de aquel ser que Bantro no pudo siquiera adivinar ni sospechar que se tratara de un disfraz mágico. Un Syon Neer, como los llamaban los Thener, un Barauko, como se llamaban a si mismos, frente a él. Los gritos no servirían, nada podía hacerse, y las armas ocultas de poco podían servir sino para dar al Barauko de un motivo de risa.

Bantro bajó la cabeza y dijo en voz alta - Escapa.

Y un pequeño animalillo, que había visto desde un árbol toda la escena, supo sentirse identificado. Con sus peludas y gruesas patitas salió corriendo, alentado por la intención mágica de aquellas palabras, que no podía entender sino con su instinto. Y el pequeño corrió y corrió.

- A él le tenía elegido un nombre, se llamaría Calu.. - interrumpió sus palabras al enterrarse una daga en su pecho - …ban.

Y cuando cayó la noche sobre el pueblo, un pueblo mediano cerca del mar, donde habían mercaderes, ladrones, peones de muelle y algunos guardias de la Liga. Se prendió en fuego por el capricho de una banda de asalto del Blekkazot.

Las llamas se reflejaron en los grandes ojos negros de Caluban, que había salido de las murallas de la ciudad. Atrás había quedado su hogar, pero ya haría otro.

creatividadrezumante:

Se me acabó la poesía
conseguí dejar mi mente vacía
y como una loca comencé a llenarla
de conocimientos inútiles, fútiles charlas…

Los poemas se fueron
a remotos lugares
las palabras huyeron
por motivos dispares…

Se me acabó la poesía
maldigo ese día
en que no supe recobrar la esperanza
y dejé de curar mis heridas…

Pasó la vida
se equilibró la balanza
vi volar de nuevo las dagas y lanzas…

Pasó la vida
se me acabó la poesía
pero su eco cercena mi cabeza vacía…

Y hoy nos preguntábamos que pasaba, que ya no sabía qué quería. No sé qué quiero ¿Quién soy?

Gracias por plasmar, escritora.

Nunca

Un puño de frente. La pelea seguía. Hace horas que seguía, nadie ponía un pie atrás, todo giraba, todo se movía. Pero la pelea no avanzaba, estaban estancados.

Un gancho en su fuerte abdomen, ni se inmutó, porque apenas pudo sentir la ira regenerando su carne molida y sus huesos molidos, sintió la sucia magia profana robándole un poco más de salud, curándose de la magia, que como una sanguijuela le sacaba, golpe a golpe.

Era un círculo infinito. Iban horas, las armas se habían roto, las armaduras cedido, el sol caído bajo el horizonte, y ya se adivinaba otra vez sobre los árboles. Los puños se hundían, los músculos rechinaban y hervían mientras se dañaban y se curaban de sus heridas; la piel le quemaba donde recibía golpes, donde el vil demonio le robaba vitalidad para mantenerse en pie. El generaba magia con sus golpes, y su adversario se la robaba con su magia infesta.

Un maldito círculo infinito. No podía creer el nivel al que le bullían los miembros, los huesos, como su mente aún podía estar activa. Pensaba si no sería más fácil morir.

Un montón de nudillos se hundió en su cara, dejando una marca negruzca detrás, que se aclaró y quedó roja del esfuerzo en unos segundos, mientras él respondía con una patada que apenas logró desequilibrar a su adversario.

No sabía como llamarlo, simplemente era un demonio, que le había salido al encuentro cuando descansaba, y desde entonces la historia era un declive hacia el estado actual; atrapados en una pelea, arriesgando a morir con solo dar la espalda, al límite de la muerte. Probablemente morirían ambos si es que aparecía un tercero, o si es que no se definía un solo ganador para la próxima puesta del sol.

Su cuerpo no estaba tan cansado, cada golpe lo revitalizaba. Su espíritu. Estaba quebrándose, si perdía la batalla, sería por el agujero, cada vez más grande, en sus ganas de seguir vivo ¿Valía la pena vivir una eternidad si sería en una lenta y tortuosa tormenta de golpes?

Recibió dos golpes en la cara, quitándole unos segundos la línea de pensamiento. Se defendió del tercero, y asestó dos golpes en el costado del demonio. Otra vez volvía al maldito estado, las entradas igual a las salidas, la curación apenas sustentando el daño que recibía.

Con un poco más de voluntad de la que había tenido en la última hora, concentró su magia en el puño, y golpeó en la cara a su tambaleante enemigo. Lo desequilibró y lo hizo caer al suelo. Apenas pudiéndose sus piernas, se sentó sobre él y siguió golpeándolo. Mientras recibía golpes en la cara, el demonio clavó sus garras en las piernas que lo aplastaban y se revitalizaba, robándole energía de su sangre. Con el lento y torpe movimiento que debió hacer para quitarse las garras de las piernas, dejó espacio abierto para que el revitalizado demonio lo golpeara  y lo empujara a un lado.

Esta vez el demonio saltó encima. No lo pudo parar. No había fuerza. Los músculos destrozados ya generaban muy poca magia, y el dolor hacía cada movimiento una agonía. Agonía.

No. Debía pelear, levantarse, luchar, golpear.

Asestó el mejor puño que pudo entre las costillas del demonio, y lo ladeó peligrosamente, casi quitándoselo de encima. Otro puño más, y le agarró una mano que se acercaba para succionar la energía de su carne. Otro puño, y uno más. La magia se calentó un poco más, levantada por la serie de golpes más numerosa en horas.

Pudo quitárselo de encima, y sentarse una vez más sobre el pecho del demonio, y con las rodillas inmovilizó los debilitados brazos de su enemigo. Golpeó y golpeó la cara del demonio. Sentía como un poco de salud le salía por los nudillos cada vez que tocaba al enemigo, pero sus puños eran más fuertes, y sus músculos tomaban dureza otra vez, y la vida fluía otra vez, con un flujo de magia más y más fuerte.

Los brazos y piernas del demonio se retorcían pesada y desesperadamente, pero no había caso: ya había ganado alguien. Un último puño, cargado con más magia que los asestados en toda la noche. Un cráneo reventando.

El guerrero se levantó y miró al horizonte. El sol se adivinaba a punto de salir entre las hojas más altas de los árboles, que impasibles los habían visto luchar toda la noche, a él y al recién hecho cadáver.

El viento frío acarició su pecho, cubierto de sudor

Triunfante, se agachó, y tomó del suelo un pequeño disco, y lo sujetó con cariño en su gran mano ensangrentada.

- Nunca dejaría que alguien se comiera mi última Oreo.

Débil, en mis manos, un pajarito herido, por mis propias manos donde ahora se sustenta. ¿Por qué vuelve? Lo quiero tener. Lo quiero sujetar, pero quiero que añore mis manos y mis manos añoren sujetarlo. Pajarito herido, quiero que vueles, y que yo pueda perderme en mi sin riesgos de aplastarte, sin riesgo de herirte de verdad. Quiero que abras tus alas, y en mi torpeza las he abierto bruscamente por ti, pero así debe ser. Debes volar, y aunque desees el calor de mis manos, la seguridad de mi abrazo, debo salir del bosque en el que te encontré, o yo mismo puedo quedar congelado como te hallé hace tiempo ya. Es cómodo estar a la sombra de los árboles, pero mis brazos y piernas se oxidan, la hojalata de mis rodillas no se ve casi bajo el óxido, y los hombres de hojalata no pueden amar como los pajarillos, no pueden cuidar de ellos como otros pájaros. Soy tu casa, pero aunque seas un pajarito, si te quedas mucho rato sin moverte en mí, te oxidarás, y te romperás.

El progreso solo se consigue con el cambio, y el cambio solo se consigue destruyendo lo previo. Pero… ¿Qué debimos destruir hoy para hacer el cambio, el delta de hoy? Una mañana dura y fría, sin palabras, sin cariño, termina en una tarde amena, calurosa y pacífica. Ahora sabemos los frutos de nuestro arduo esfuerzo, pero eso vino después ¿Qué destruimos? ¿Qué palabra se dijo ahora que no se dijera antes?

Como pocos, el día de hoy un delta, una proporción desamor/amor se había marcado tanto. A veces llegarías feliz y te irías triste, otras llegarías ansiosa y te irías tranquila. Pero hoy fue más marcado. Otra vez nos reímos de la gente a nuestro alrededor, otra vez accediste a bajar conmigo, otra vez no me ahorcaste por mojarte en la piscina.

Te amo, como te amaba en la mañana, pero en la mañana algo estaba roto y ya no ¿Será que el cambio de hoy lo produjo una construcción en vez de una destrucción? Lo que si es ahora que no era en la mañana; estoy feliz, te veo feliz, un peso menos de encima. Una carga que deja de forzar nuestras espaldas. Pero eso fue después. Quisiera tener claro que es lo que pasa entre nosotros todo el tiempo, saber, aprender, no repetir y no fallar. Pero luego soy humano, y no quiero dejar de equivocarme, o me arriesgo a no cambiar y morir duro como un piedra. En el mal sentido de la frase.

Quiero, quiero, quiero…

Y ahora honestamente escribo, créeme. Escribo y no borro. Tu mayor enemigo es el Backspace roto en mi teclado, roto de tanto borrar. Creo que siento y escribo, será simple, será rústico, será monótono, pero es lo que puedo escribir. Intento no dejar nada atrás, pero las palabras, y cualquier medio, se queda atrás de mí, de mi capacidad de sentir, no siento en palabras, no pienso en palabras, pienso en esquemas, en color y calor, pero un esquema de lo que siento sería el caos, serían flechas sin destino, o sin origen, un color y un hervor no pueden concretar más allá de lo que las palabras pueden. No puedo demostrar los ataques que me sobrecogen a veces… Otras si puedo, siento el calor constante y leve, el color de la luz que nos rodea, pero no se puede hablar sino con palabras… Ojalá… Pudiera. 

Zarcand otra vez.

[El otro día me encontré con la siempre grata intervención de mi bonita polola. Me hizo pensar cosas que no había concretado aún en escritos, o que ni siquiera había pensado. Claro, pequeña, que habré sonado muy seguro, o como que recordara algo, pero la mayoría lo inventé ayer mientras hablábamos.]

El planeta en el que se sitúa el Zarcand, “todo lo conocido”, según el concepto de los Thener, no es lo que en su tiempo fue, un balance harmonioso, una máquina perfectamente cíclica, autosustentable y equilibrada. El planeta hoy está roto, el tiempo, el espacio y la Magia han golpeado su estructura sin control desde que El Creador se rompiera en los infinitos dioses y demonios. El Zarcand es todo lo que se conoce sobre el mundo caótico, revuelto y desequilibrado en el que han llegado las criaturas de las divinidades. La maquinaria está rota, y no hay nadie que pueda restaurarla.

¿Qué es Zarcand hoy? Hoy tenemos un pequeño planeta, dentro de un espacio y tiempo infinito, poblado de casi infinitos planetas, todo repleto de infinitos dioses y demonios, en distintos tiempos, espacios, niveles de poder, e incluso dimensiones. El Creador se fue, y tras de sí dejó una interminable tarea, un multiverso desequilibrado. Pero volviendo al planeta en cuestión; un dodecaedro, figura geométrica compuesta de doce caras pentagonales, suspendido en el espacio, rodeado de pequeños satélites que dictan cambios sutiles en los climas, orbitado también por una pequeña estrella, que flota cíclicamente sobre el plano que los dioses eligieron para vivir, iluminando solamente seis de los doce Planos que componen el planeta.

Los doce Planos comprenden, entonces, seis caras iluminadas, y seis oscuras. El gradiente de luz que estaba originalmente establecido se acentuó cuando la materialización de los dioses y demonios se siguió de un fortalecimiento de las luces y las sombras por la misma magia de estos seres. Los Planos, que originalmente estaban aislados entre ellos, por gruesas barreras mágicas que impedían el paso de seres y energía, tras milenios de abandono de su Creador, cedieron en mayor o menor medida, dependiendo de la magia que pretendían contener.

En un principio, en un tiempo cero, los Planos tenían un equilibrio perfecto en su interior, y en su exterior. Un plano era un sistema cerrado, en el que existía un nivel de Magia constante e igual de un Plano a otro. Lo que un Plano lo tenía en Vida, o Muerte, o Roca, o Sombras, etc. otro lo tenía en proporciones iguales, pero en elementos distintos. Teníamos, por ejemplo, el Plano Selvático, con una muy pequeña cantidad de movimientos de roca, fuego, luz, sombra, demonios, etc. pero una alta cantidad de Vida, y en otra mano teníamos el Plano Volcánico, en el cual, además de una cantidad despreciable de Vida, había poco o nada más que Roca y Lava, moviéndose, generando movimientos telúricos, eruptando, como si la roca tuviera en Vida lo que el Plano Selvático tiene en bestias y plantas. Los planos seguían esquemas, tanto las corrientes marinas del Plano Acuático, como los ciclos biológicos del Plano Vivo [y el Pútrido, cuando aún vivía], todo era sustentado en su propio equilibrio, y si se daba la eventualidad de que algo fallara, el mismo Creador lo complementaba con su esencia, o bien los dragones - seres de variable naturaleza, dispuestos solamente a restituir equilibrios - arreglaban con vida, muerte, luz, sombra, o lo que fuera necesario, el desequilibrio que se había producido.

Y entonces El Creador desapareció. Y todo se fue al diantre.

Las divinidades comenzaron a crear, y con ellos los Planos se desestabilizaron, las barreras se debilitaron, los órdenes se rompieron. La Magia, con su capricho y su inestabilidad, no se demoró mucho en llevarse por delante los trazados arcanos, los ciclos y los órdenes. La Magia de El Creador era infinita, por lo que un desequilibrio no podría eliminarla, pero la falta de corrección por milenios llevó a que se enfrentara la Magia consigo misma, al romperse las barreras y enfrentarse flujos mágicos que no estaban hechos para ser mezclados.

El Plano Acuático es el foco de las primeras historias, así que me enfocaré un poco en los efectos de la ruptura sobre él. Apenas se formaron los dioses y demonios en las cercanías del planeta, los que sentían el ansia de crear en ellos no se demoraron mucho en fijarse en un Plano tan dispuesto a recibir vida como el Acuático. Rápidamente, el stock mágico que el Plano tenía dispuesto para mantener vivas a las bestias que en él habitaban antes de la Ruptura. El equilibrio mágico se perdió rápidamente, las energías que mantenían la enorme masa de agua circulando y dentro de su barrera rápidamente, en unos pocos milenios, terminaron de quebrar, y volcar parte del contenido a los Planos vecinos, a la vez que permitieron la entrada de Magia de los otros Planos hacia la tierra desnuda que quedó tras el vaciamiento del agua.

Con los milenios, creaturas más variadas y más poderosas – amarradas a las escalas de poder para las especies de Animales, Creaturas primarias, secundarias, terciarias y cuaternarias – hicieron su aparición en el mundo, dominando los elementos y desestabilizando minúscula pero acumulativamente la Magia del mundo. Milenios han pasado, y las especies siguen apareciendo. Las necesidades de espacio, materiales, sustento y protección han convergido en la aparición de distintas facciones, con distintos focos, no necesariamente enfrentadas – al menos hasta que apareció el Blekkazot, cuyo foco es la destrucción y la muerte de quienes no se unan a ella. Las creaturas son capaces de dominar cantidad de elementos o dominios elementales proporcional a su escala de poder.

Las bestias son seres primordiales y no se consideran creaturas por lo mismo, fueron creadas por El Creador, quien en su infinito poder no estaba amarrado a ninguna escala, y sus bestias pueden poseer muchos o ningún dominio, y aún así ser más fuertes mágicamente que una Creatura cuaternaria; son seres de enorme variedad, y cubren casi todos los Planos e incluso algunas bestias son Planos.

Los dioses si están atados a niveles de poder, y crean para, en la muerte de sus creaturas, consumir sus almas y con ellas crecer. La divinidad invierte parte de su misma esencia para crear un alma independiente, que en su vida crecerá por las experiencias y el conocimiento, generando un pequeño aumento de la inversión del dios o demonio, que a la hora de la muerte será recuperado. Las especies son conscientes de esto, pero es cómo funciona el mundo, así que no es problema vivir y crecer sabiendo que la muerte es en parte para lo que se ha sido creado. Los dioses en general juegan con los tiempos de inversión: Una especie que viva poco y que devuelva la inversión en menos tiempo, pero que probablemente no pierda tiempo en su infancia y vejez, y que no alcance a generar grandes ganancias. Una especie que viva muchos años, que se demore más en devolver la inversión, pero que alcance a dar más ganancias, pero a más riesgo ya que perder uno signifique más problemas (porque las almas se pueden perder en condiciones especiales). Y finalmente una especie inmortal, que demore significativamente más en devolver la inversión, suponiendo que de todas formas va a poder morir por las heridas y la destrucción de su cuerpo, pero es capaz de generar ganancias potencialmente ilimitadas. Todo el factor temporal debe, además, cotejarse con el asunto del poder de la especie, y cuanto crecimiento puede albergar. Porque una especie Animal podrá almacenar muy poco crecimiento en su alma, probablemente es mejor que sea de vida corta, mientras una Creatura terciaria o cuaternaria es capaz de crecer considerablemente más y la opción de la inmortalidad es más viable.

Hablando ya en el ámbito de creaturas, hijas de los dioses que se derivaron de la explosión del Creador, tenemos a los Animales, que son seres con un alma muy débil, y una magia puramente vital, sin control de dominios; esto no significa que sean necesariamente estúpidos, sino solamente impotentes, mágicamente hablando. Son creados por los dioses más pequeños, usualmente como un primer recurso para aumentar de tamaño.

Luego le siguen las Creaturas primarias, capaces de dominar un dominio elemental, que son campos menores dentro de las distintas grandes clasificaciones. Así por ejemplo el dominio de los espectros es uno de los componentes del elemento de la Nigromancia, tal como el control de enfermedades y de cristal espectral.

A continuación vienen las Creaturas secundarias, que pueden dominar un elemento completo, que concuerde con su elementalidad. Estas creaturas son también conocidas como Mortales, porque no hay casos documentados de divinidades tan osadas como para crear Creaturas secundarias – o inferiores a estas – con edad larga o ilimitada.

Las Creaturas terciarias son un grupo más heterogéneo, en cuanto a largo de vida, y se caracterizan mágicamente por poder controlar dos elementos, o una cantidad equivalente de dominios mágicos, es decir cuatro.

Siguen las Creaturas cuaternarias, que pueden controlar cinco dominios compatibles entre ellos y con su naturaleza, estas creaturas son usualmente llamadas Inmortales, aunque son muchas las especias de vidas largas que tienen este poder. La diferencia aparentemente leve de dominios elementales con las Creaturas terciarias se ve suplida con una dosis de atributos, cuya diferencia está más marcada entre cuaternarios y terciarios que entre terciarios y secundarios.

Y ya que salen a flote elementos y dominios, sería bueno hablar un poco de ellos ¿No?

Los elementos son los canales por los que la magia arcana se manifiesta, por pasarlo a términos de lenguaje, de un código madre se traduce a un lenguaje más concreto que fácilmente puede ser descrito en el mundo. Si sigo con la analogía a lenguaje, los dominios mágicos serían los actos del habla: declarativo, expresivo, asertivo, etc. que  dentro de un mismo lenguaje tienen funciones y medios distintos, que alcanzan profundidades y objetivos distintos según las distintas situaciones dicten. Tal como  se pueden aprender algunos lenguajes y hablarlos fluidamente, y enriquecer el diccionario personal con conceptos únicos a cada lenguaje, las creaturas de los dioses serían como libros, en los que puede escribirse más o menos, según el porte de su alma.

La magia… es asombrosa. De la energía mágica contenida por el mago en su alma, distinta de su energía física o mental, se pueden escribir en el idioma específico de cada elemento conjuros de complejidad creciente, que pueden ser enunciados con cantidades de poder determinada por el mismo conjurador. Las especies pueden acceder a elementos y dominios que puedan ser encriptados en sus almas, por una afinidad que corresponde a quien les dio el alma, la divinidad que en el momento de su aparición estaba polarizada por un elemento, y por  una propiedad de demonio o dios.

El alma está encriptada no solo como una propiedad elemental, sino como un ser físico o espiritual; orgánico, inorgánico o mágico; ágil o torpe; brutal o calculador. La naturaleza de una especia como la inscribió una divinidad en el génesis es terminante, y salvo excepciones puntuales, no es modificable. Las inclinaciones de las creaturas son generalizables, las especies son estereotípicas, y aún así la individualidad es innegable. El mundo está coloreado de las personalidades más extravagantes, pero todos los miembros de una especie caerán donde su creador quiera que caigan.

Y bueno, me fui demasiado lejos del punto. Creo que empecé por algo de hace muchos días y terminé  escribiendo sobre cosas de hace muchos meses. Si no queda algo claro y a alguien le importa, bienvenido a la sección de preguntas.

Arriba de la línea

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Todo lo publicado sobre esta linea podría parecer familiar, pero lo he repensado al menos una vez. Republicaré todo, con la esperanza de aclararlo más a quienes lean y a mi mismo.

Doble miserable

[Este es un cuento especial, yo he sido un simple intermediario entre la “realidad” de la miseria, y la verbalización. Agradecería que si alguien ve esto, lo leyera entero. Y bueno, siempre que algo no se entienda, he escrito algo anteriormente para explicarlo, es cosa de buscar; probablemente enRazas: Ghiliosy en otras cuantas habré explicado los principios del mundo en el que se contextualiza todo.]

Doble Miserable

Riigvarni había sido joven y animoso una vez, pero ya no lo era. Se había enamorado, había confiado en otras personas, pero en su corazón ahora estaba escrito con fuego que no debía cometer ese error otra vez. Había tenido un mundo por delante, pero lo perdió todo, y ahora su vida era vacía, y solo una enclenque frase gobernaba su miserable día a día. Había tenido una vez labios con los que sonreír y besar, pero ahora no tenía ni labios ni a quien besar. Riigvarni había sido un ghilio feliz una vez, pero ahora la miseria era lo único que rellenaba su vil carcasa inmortal.

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Los ciclos se repetían y Marad volvía a ser un centro de contrastes. La primera ciudad de los ghilios, cercana a la cuna en la cual Yho y Ul crearon, dieron el ser a los ghilios. Desde su fundación, clanes conservadores y rigurosos mantenían el culto a los dioses, en grandes casas en el centro de la ciudad. Por otro lado, en los años en los que la guerra se hacía más cruel y malvada, multitudes de lisiados, viudas y huérfanos expandían los límites de la ciudad con sus campamentos; los allegados de la guerra parecían creer que estar más cerca de la cuna de la especie los mantendría en el regazo de los dioses, pero la precariedad no daba tregua, y los dioses poco podían hacer por sus hijos.

No todos los allegados vivían en malas condiciones. Riigvarni perdió a su padre en una de las primeras batallas, cuando era solo un muchacho, y con su madre llegaron a Marad cuando los campamentos de allegados eran mínimos, y con bastante esfuerzo, su madre se hizo del pan lavando ropa, y su clientela se afianzó y desde entonces, tuvo una fuente estable de ingresos, ya que los ciudadanos más antiguos preferían dar dinero a una mujer esforzada que a la caravana interminable de vagabundos y pordioseros que llegaron después.

Por su parte, Riigvarni tuvo suerte. Al vivir más cerca de los límites originales de la ciudad, sus compañeros de juegos eran niños de Marad, que le dieron algunas oportunidades, y comida cuando la necesitó. Cuando llegó el tiempo de hacer algo por su especie, entró de aprendiz de herrero, con el padre de una de sus amigas, Asil. El amputado guerrero vivía de los frutos de su forja, y un aprendiz no le iba mal para reemplazar la zarpa que perdió en sus años bélicos, que recordaba con orgullo.  Era el herrero también un devoto adorador  de los creadores, por lo que desde su nacimiento, había destinado a Asil para ser sacerdotisa, y entregar su cuerpo a los dioses. Con los cuidados de sus padres, la niña había crecido alta y bella, siendo así ideal para ser encarnada por Ul, quien disfrutaba de ver a sus creaturas hacia abajo.

Con la ocupada vida de una ciudad en guerra, los amigos dejaron de verse tan seguido, salvo Riigvarni y Asil, que compartían a menudo el mismo techo. Así los alcanzó la edad; la cercanía y la confidencia se convirtieron por la constancia en afecto, y avivadas por las llamas de la pasión, los roces del día a día, en atracción. Bajo las narices del herrero, muy ciego de orgullo por su bella hija y su talentoso aprendiz, se desarrollaba y evolucionaba un romance silencioso pero irrefrenable.

Lo que fuera una amistad cercana, conforme crecían sus cuerpos y la magia dentro de ellos, se afianzó como un amor que ellos sabían que les costaría caro algún día.

El herrero era un hombre testarudo, e inmutable. En su esquema del mundo, su hija sería ordenada sacerdotisa en cuanto emergiera la magia en ella, al igual que su aprendiz sería enlistado. Asil y Riigvarni veían con temor el futuro, pero era el mismo fuego de la magia que sellaría sus destinos, lo que alimentaba su pasión. Asil sería llevada al templo aunque fuera a rastras, y Riigvarni sería puesto en la calle si se atrevía a rechazar la carrera militar, que en tan alta estima tenía el padre de su amada.

Los planes de una vida juntos, que se contaban como historias entre los dos todas las noches, se desvanecían y se acercaba poco a poco, amenazante, la realidad de que en cuanto madurara la magia en uno de ellos, todo acabaría.

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Esa noche Riigvarni vino a Asil un poco más tarde de lo usual. Ella lo esperaba en el taller de herrería todas las noches, a que se desocupara de los encargos menores, como la limpieza o las entregas. El joven ghilio de veía nervioso esa noche, y en su sonrisa nerviosa se adivinaba un plan riesgoso.

- El plan es demencial – dijo Asil al terminar de escuchar lo que Riigvarni tenía  que decirle-, yo… quiero que me digas que nada podría salir mal.

La misma sonrisa nerviosa se dibujó en los labios de Riigvarni – Quiero creer que todo puede salir bien, poco más puedo hacer. Es un riesgo que quiero que tomemos juntos… imagínate que todo sale bien.

Asil bajó la cabeza un poco. Las cosas siempre pueden ponerse mal, pero en este caso, no hacer nada terminaría con consecuencias que difícilmente podían ponerse peor. Había incluso, contemplado la posibilidad de quitarse la vida si es que no salían las cosas como debían hacerlo. Sin importar cuánto había orado, a la misma Ul a la que sería entregada, no podía sino sentir que la diosa prefería verla feliz antes que transformada en un sacrificio triste. Una cosa era que su creadora entendiera, pero su padre nunca lo haría.

Aunque estaba muy tenso, Riigvarni apoyó su zarpa en el hombro de Asil – Por nosotros.

La mirada de Asil se levantó del suelo y encontró la de Riigvarni. Los dos habían planeado mil fugas, y siempre, infaltable, surgía la sombra del padre de Asil, que si sabía que los dos vivían, no descansaría hasta encontrarlos, y ellos no podrían tener paz hasta saber que él había muerto… o como vino Riigvarni a proponer descabelladamente esa noche… que el herrero pensara que su hija había muerto.

El plan con el que Riigvarni se presentó esa noche involucraba suerte, magia y confiar en desconocidos,  pero a pesar de los  riesgos, los corazones de ambos ya se había encendido en deseo, animados por la posibilidad de que todo saliera bien, y que el resto de sus vidas fuera tranquila y feliz. Todo pasaba por confiar y apostar, e internarse en los barrios más sombríos, en busca de la llave de su libertad.

Finalmente, Asil rompió la tensión de su mirada y sonrió. Se abalanzó sobre Riigvarni y ya no hubo necesidad de palabras, el pacto estaba hecho. El resto de la noche lo gastaron en los brazos de su amante, mientras la magia bullía en su interior.

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Una vez más la noche cayó sobre ellos. Esta vez Riigvarni se olvidó de la limpieza, esa noche todo era Asil. Una vez más, se miraron y sonrieron nerviosamente. Se disponían al fin a dar el salto, que les permitiría ser felices, lejos de la guerra y del herrero. Una vez más, miraron el frasquito que les podía  significar al fin la felicidad. Una vez más, una sonrisa nerviosa.

Asil se recostó en el suelo, se llevó las zarpas al pecho, y otra vez sonrió. Riigvarni rápidamente cubrió  la zarpa de su amante con la suya, pero no pudo articular una oración. Solo se sonrieron una vez más.

- Yo… este… espero que… no sea muy desagradable – pudo decir Riigvarni con esfuerzo – y mañana…

Con precisión, Asil estiró la mano para poner un solo dedo sobre los labios de su amado, callándolo. Sin más, destapó el frasco café que apretaba en sus zarpas, y con un trago corto y un gesto de desagrado, lo tomó todo. Apoyó la cabeza, con una sonrisa en la cara, que por un segundo se convirtió en un rictus de dolor, antes de relajarse y tornarse a la cara de un sueño profundo.

Riigvarni sintió un frío en la nuca. Su amor estaba frente a él con apariencia de muerte, y no era posible quedarse indiferente ante esa imagen, aunque pensara que era solo un engaño. La besó en los labios, aún amargos por el veneno, y saltó por  la ventana por la que entraba todas las noches, rogando que su próximo encuentro no tuviera que ser furtivo. Se llevaba como recordatorio morboso el amargo resto de veneno en la boca, pensando que la llave de su libertad valía la pena.

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Las lágrimas salían por sí solas. La sensación era horrible, y aunque fuera un resto de veneno en los labios de Asil, estaba afiebrado y adolorido. Lo único que podía pensar que no fuera en su dolor, era que Asil debía haber sufrido poco porque se desvaneció en seguida, aunque esperaba que las secuelas fueran menores al despertar.

Todos los amigos y los familiares de Asil lloraban su falsa muerte, y Riigvarni, desde su parte más racional, agradecía la reacción del veneno, porque o sino su cara lo delataría. Había pasado un día casi entero desde que Asil bebió el veneno, y Riigvarni debía armarse de valor y fuerzas para robar su cuerpo. El efecto expiraba de los tres a los cuatro días, y para ese entonces debía encontrarse lo suficientemente lejos como para que los intentos del herrero para recuperar el cuerpo de su hija parecieran ya sinsentido.

Sin mucha complicación, Riigvarni había desde hace dos días rentado un aconsen, que le serviría de montura por algunas jornadas. Primero debía llegar a Fesmo, ojalá dentro de los primeros dos días, y de ahí elegir el camino que más lejos lo llevara de Marad. Cuando llegara la oscuridad, se impondría al dolor, y huiría.

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El torpe y peludo animal no tenía un paso suave, por lo que Riigvarni debía sujetar muy firme a Asil para que no se cayera. Su amada colgaba inerte de sus brazos, y le robaba el calor bajo las mantas, en esa fría noche, mientras dejaban Marad tan atrás  como pudieran. Riigvarni creyó escuchar un grito maldiciendo su nombre cuando se encontraba a unos kilómetros de la ciudad, pero se lo atribuyó a los nervios.

Las horas pasaban, y las luces de Marad se perdieron entre las copas de los árboles y la niebla. El frío era penetrante, y Riigvarni prefirió envolver con la única manta a Asil, soportando el frío que rasgaba su piel. Las garras del ghilio estaban insensibles, y mientras avanzaba la noche, más temía Riigvarni que se hubieran congelado y se hubieran pegado a las riendas.

Al salir la primera luz de la noche siguiente, el aprendiz de herrero armó  un refugio entre el matorral a las afueras de Fesmo, y se aseguró de que nadie lo viera. Ya llevaba dos noches y un día cabalgando sin parar, y el aconsen ya no podía más. Entre las ramas, con delicadeza y ternura, barrió cada hoja del suelo, aplanó el terreno con su escaso equipaje y tendió la manta, para poder acomodar correctamente a su amada. Ya estaba en el tercer día, por lo que Riigvarni mantenía la calma: Fersin era un alquimista de gran renombre, por lo que una equivocación sonaba ridícula. El asociado de Fersin había dicho que la poción era bastante fácil de hacer, no había porque temer…

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Cuatro noches antes del escape, con un viento cálido, dos jóvenes habían salido en secreto de sus casas.

Por los callejones de los barrios pobres de Marad, mal mantenidos, con basuras acumuladas en las esquinas, Asil y Riigvarni se movían intentando no llamar la atención de nadie. Fersin, el nigromante, había accedido a ayudarlos por un precio elevado, pero asequible para la hija de un herrero de renombre; e irían a conocerlo después de algunas negociaciones hechas con su colega. Habían escuchado más o menos a quien debían buscar “Deben llegar desde el callejón de los traficantes de armas, y girar a la izquierda en donde termina, de ahí siguen hasta la esquina donde cantan los bardos y por la derecha, no mucho más allá, deberían encontrar a un hombre alto, que lleva una capa negra. Ese es Fersin” les había dicho el regordete camarada, Barnorete o Barnoertu, nunca terminaron de entenderlo bien, ya que su gran labio inferior le impedía modular con propiedad.

La pareja ya había pasado el callejón de los traficantes, y se acercaba más al grupo de gente que se reunía en torno a los bardos más talentosos. Los empujones iban y venían, y Riigvarni empezó a ponerse nervioso, por lo que aceleró el paso, y tiro con un poco de brusquedad a Asil hacia el callejón de la izquierda.

-  Bueno, amor, mucho más  lejos no debe estar – dijo Riigvarni cuando se encontró más holgado.

Asil solamente respondió apretando su zarpa, y apurando un poco el paso para no ser tironeada otra vez. Comenzaron a escrutar con la mirada el callejón, buscando a quien los ayudaría en su arriesgado plan. No muy lejos, un hombre alto y sombrío los observaba, y llevaba un trapo negro colgando hasta la mitad de la espalda. No era precisamente una capa, pero era lo que más se parecía a la descripción de Fersin.

Nemerkave era un asesino, de poca fama, y de aún menos suerte. Pasaba sus días vagando por Marad, buscando a quien cortarle el saco, o a quien le diera un trabajillo sucio para ganarse algunas monedas. Básicamente su día era robar, o golpear a quien le encargaran, y unas cuantas veces llagó a matar. Tras una mala racha de dos días, Nemerkave se encontraba sin una moneda, y moreteado, cuando su último trabajillo le salió al revés. No le gustaba mucho robar en la calle de los bardos, porque si lo descubrían, toda la masa se tiraría en contra de él, aunque tenía la ventaja de que la gente solía estar distraída. Una pareja de apariencia ingenua pasaba frente a él en ese instante, pero tras mirar un poco clavaron sus ojos directo en los suyos. No lo sabía en ese momento, pero Nemerkave tendría una noche de suerte.

La pareja se separó de la multitud y se acercó  caminando directo hacia Nemerkave. El asesino no se inmutó, curioso porque parecían estar buscándolo a él.

- Fersin – dijo Riigvarni mientras le alargaba la mano – estamos aquí… ya sabes, por el veneno.

Nemerkave se demoró un instante en devolverle el saludo, y sacudieron manos de forma incómoda y fría. El vagabundo quería ver a que llegaba todo esto, acostumbrado a no dejar pasar las oportunidades hasta que a veces era demasiado tarde.

- Incluso traemos aquí el pago, todo como pediste – se apresuró  a decir Asil, que veía un poco inquieta la cara de indiferencia y frialdad de Nemerkave.

El asesino no podía estar más confundido, pero a pesar de eso, mantuvo la calma. Parecía ser que estaban pagándole el sujeto equivocado. Por suerte los jovencitos estaban buscando  un veneno, lo que suele ser un objeto imprescindible en el inventario de un asesino, y Nemerkave tenía un par de botellas en su bolsa.

- Y bueno… tengo muchos encargos – dijo Nemerkave – ¿Cuál  es precisamente el suyo?

- Oh, claro – respondió rápidamente Asil – usted es un hombre ocupado. Nosotros encargamos la poción que hiciera dormir profundamente, que pareciera muerte.

- ¡Ajá! – dijo Nemerkave con un poco de drama – claro, que “pareciera” muerte. Con este tónico les aseguro que no se despertará en un buen tiempo – de verdad Nemerkave no estaba muy seguro de que estaba diciendo, simplemente improvisaba.

- ¿Los cuatro días que habíamos conversado? – preguntó Riigvarni con extrañeza.

- Incluso un “poco” más – sin más idea de que decir para hacer ver su producto más llamativo, Nemerkave intentaba no decir nada muy terminante.

Asil y Riigvarni se extrañaron un poco, pero después de todo, estaban preparados para lidiar con un sujeto extraño, porque no era secreto que los nigromantes solían estar un poco deschavetados; algunos decían que era porque los muertos les susurraban cosas que no deberían saber.

Mientras los jóvenes aún lo digerían, Nemerkave no se hizo esperar y de entre sus cosas, sacó un frasquito café que expuso con un toque dramático, y puso su otra zarpa con la palma hacia arriba, esperando el pago de aquella pareja que parecía estarse metiendo donde no debía. Sonrió cuando sintió el peso de la bolsa en su zarpa, tendría para semanas de holgazanear.

Por otro lado Riigvarni estuvo un poco reacio a soltar la bolsa. Este Fersin era mucho menos agradable de lo que esperaba, por lo que le había dicho su colega. No tuvo mucho tiempo para dudar, porque apenas dejó la bolsa en manos del otro ghilio, éste les hizo un gesto y se fue con prisa al callejón más cercano, desapareciendo en las sombras con demasiada facilidad.

Levemente preocupado, Riigvarni buscó la mirada de Asil. Era brillante, y llena de esperanza. Pudieron comprar su felicidad por unas míseras monedas. Todo lo malo se disipó y en un abrazo, las sospechas se borraron. Tenían su boleto de salida y nada más importaba.

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De vuelta en el presente, Nemerkave estaba pasando unas noches de lujo. Decidió gastar en tres semanas lo que le alcanzaba para cinco, invirtiendo un poco más en lujos. En su ebriedad agradecía sin parar al par de jóvenes que le habían concedido el don del dinero, a cambio de una miserable botella de veneno fuerte, que no valía un décimo de lo  que ellos habían pagado.

Fersin, el nigromante, había vuelto tres noches al callejón acordado, esperando que los jovencitos a los que había llamado aparecieran. Estaba preocupado por haberles dicho que se internaran en un barrio tan peligroso de noche, y se sentía responsable. Ya era la sexta noche, y se encontraba en su lugar de trabajo, moliendo hierbas. Eventualmente lanzaba una mirada angustiada a una botellita azul que permanecía en la esquina de la mesa, sin haber llegado nunca a las zarpas de quienes la encargaron. “Una lástima, tardé tanto en hacerla” pensó el nigromante, y el pensamiento fue asentido por unos espectros que solían acompañarlo. Fersin volvió al trabajo.

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Ya era el mediodía del quinto día, y Asil  no despertaba. La joven ghilia seguía fría como una roca, y a pesar de sus intentos, nada pasaba. Había prendido fuego, e incluso intentó calentarla con su cuerpo desnudo. No sentía nada. La magia en ella parecía extinguida, y los pensamientos venenosos atacaban su mente cuando no lo esperaba, carcomiendo los bordes de su cordura. Pero se tranquilizaba en lo que le había dicho el nigromante “Incluso un “poco” más”…

Tras desesperantes horas mirando la fría y pálida cara de su hermosa amada, Riigvarni ya no lo soportaba más. Iba a romperse. Se apoyó en el frío pecho de su amada y se desplomó, llevaba días sin dormir, y deseó no haberlo hecho, porque al cerrar los ojos, terribles pesadillas lo atacaron, y lo despertaron en seguida, bañado en sudor.

Asil aún estaba allí, fría e inmóvil.

Atormentado por todo, Riigvarni decidió que se iría a lavar la cara a un manantial que había visitado un par de veces en los últimos días. El agua fría le cortó la piel, pero en su desesperación, y sin pensarlo dos veces, se lanzó al agua entero. Se olvidó de respirar, estuvo un largo tiempo, intentando que el frío cortante lo distrajera, o lo matara. Todo era frustración, no sabía que esperar de la horrible situación en la que se encontraba. Todo parecía estar saliendo bien hasta hace tan poco, había hecho lo que se suponía que debía hacer. Pero todo se sentía mal.

Salió al fin a respirar, tras un largo tiempo, tras tragar demasiada agua. Casi muerto, arrastrándose por las piedras de la orilla, se dispuso a volver a su amada una vez más, con la agonizante chispa de esperanza que aún tenía, que aún hacía que todo valiera la pena.

Respiró profundamente al acercarse a Asil y todo se hizo claro.

El agua fría, haber tragado y respirado toda esa agua… el olor a muerte era ahora evidente. No había sentido nada hasta ese momento, quizás por estar todo el tiempo junto al cuerpo, pero ahora era claro. Muerte. Frío.

Se encontraba el mismo frío como un cadáver, y cayó al suelo pesadamente. Muerte ¿Qué miserable ilusión lo mantuvo captivo tantos días? ¿Qué pasó? ¿Qué salió mal?

Todo escapaba. Su mente se hizo añicos, las piedras clavándose en su frío y desnudo cuerpo no podían importarle menos, todo estaba mal. Su mente no podía soportarlo.

Hace solo unos minutos, mientras acariciaba las manos frías de Asil, le había susurrado como su vida sería feliz. Los últimos días, las caricias, los abrazos, los susurros; se sentía sucio. El frío que había pasado, el hambre, el  sueño; se sentía destrozado.

Como un grito de miseria, desesperación y dolor, la magia surgió en su corazón como una flor podrida, marchita antes de florecer.

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Unos días después, Riigvarni no podría especificar cuantos, fue encontrado en las cercanías de Fesmo. Nadie tenía mucha idea de qué hacer con él, así que en cuanto pasaron soldados reclutando jóvenes para la guerra, se lo llevaron, y él no opuso la menor resistencia. En una carreta desprotegida, viajó varios días sin decir una palabra, apenas comiendo o durmiendo. Llegó al campo de entrenamiento, y aunque intentó matarse o dejarse morir algunas veces, finalmente cedió ante la inminencia de la vida.

“No podrás tenerme si no eres el mejor” le había dicho Asil hace mucho tiempo, antes de pensar en escapes, cuando en sus sencillas mentes, si algún día Riigvarni se hacía de su propia herrería, el padre los dejaría ser una pareja. Tiempos sencillos en los que aún podía tenerla entre sus brazos, disfrutar de su calor, y pensar que solo trabajando todo podría salir bien. Pero ahora todo era ira y dolor. La memoria más feliz estaba contaminada por el dolor de que no se repetiría, y las malas memorias ahora no valían la pena. Todo estaba perdido, pero Riigvarni seguía allí.

“No podrás tenerme si no eres el mejor”. Riigvarni llevó todas las tareas asignadas por su tutor a la perfección, todo por una frase que ahora estaba hueca, pero que era preferible antes de rendirse a la desesperación de la vida. Un asesino de sombras, emergiendo silenciosamente entre las filas de los ghilios, rompiéndose los huesos por ser el mejor. Tenía el corazón envuelto en sombras, y por un afán morboso y enfermizo, todo debía hacerlo a la perfección. “No podrás  tenerme si no eres el mejor”.

A una edad bastante temprana, Riigvarni ya se encontraba en un escuadrón especializado. Primera fila, cortejando a la muerte, y aún así sobreviviendo. Aunque no quería vivir, no iba a fallarle a Asil, y si debía pagarlo con su vida, lo haría. Solo comía para mantenerse en pie, y dormía para no desfallecer. Nada lo disfrutaba. Todo era para ser el mejor.

Algunos dirían que lo vieron llorar al matar a un grasco, mientras lo molía a puños. Y lo hacía, envidiaba la muerte. Quería ver a Asil, pero su propósito sinsentido, lo único que había dejado Asil, lo mantenía atado a la vida.

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Años pasaron, y la guerra cambió. Se acercaba el final del tiempo de los ghilios, por lo que la situación dejaba ver. Las grandes batallas se volvieron usuales, y allí le tocó comparecer a Riigvarni.

Al contrario que otras veces, no estaba rodeado de un escuadrón de especialistas, sino de una muchedumbre de ghilios animosos y ansiosos. Riigvarni estaba en la primera fila, despreciando a todos los que estaban cerca suyo, su ánimo, sus ideales de victoria. Esperaba que todos murieran, pero a ratos su corazón lo traicionaba y cedía a las emociones que le infundían los dioses, de valentía y orgullo.

Riigvarni no quiso saber donde estaba, simplemente si es que podría luchar en la primera fila. Quería matar, y ser, como de costumbre, el mejor. Debía serlo.

El estremecimiento de los ghilios a su alrededor, los gritos de batalla y las oraciones estaban molestándolo. Había demasiada gente a la que no debía matar.

Un silencio.

Otra vez sonaron los gritos, los cuernos, y todo parecía haber comenzado a marchar. Los pasos retumbaron en el valle, y el polvo se revolvió a su alrededor. Era la hora de marchar, y las sombras en su cuerpo empapaban todos los rincones de su cuerpo, y la oscuridad del odio empapaba hasta el fondo de su alma.

La batalla había comenzado.

Las dos hordas, grascos y ghilios, marcharon hacia la otra desde los dos extremos del valle, aprovechando la pendiente de las montañas a sus espaldas para ganar velocidad. Riigvarni no dejó por un momento que alguien lo adelantara, y se mantuvo en la vanguardia hasta que chocaron los dos ejércitos.

Con la velocidad y agilidad propias de los que comulgan con las sombras, evitó unos dardos que se dirigían hacia él, y respondió lanzando él unos dardos de sombra, que se solidificaron en el trayecto y alcanzaron a un grasco justo en el pecho. Evitó  unos golpes más, y se desmaterializó, transformándose en sombra pura. Se escurrió de sombra en sombra para quedar justo atrás de  un grasco. Surgió del suelo y cortó el cuello del desgraciado grasco con sus garras en un segundo. Luego sacó su daga y en un giro alcanzó en la  cara a tres grascos más. Antes de volver a transformarse en sombras, lanzó unos dardos de sombras empapados en veneno hacia unos grascos que lo habían visto.

Surgió otra vez del suelo, y Riigvarni sacó con sus garras desnudas los ojos de lo que parecían ser grascos guerreros novatos. Luego infundió su garra derecha con veneno mágico, y la clavó en el pecho del grasco más próximo.

Un golpe en la espalda fue lo primero que recibió. Mientras aún atacaba a los guerreros novatos, recibió un golpe contundente, que no rompió su armadura pero si trituró su carne. Ahora debía desmaterializarse en sombras para que la hemorragia no lo matara. Otra vez desapareció en el suelo, uniéndose a las sombras de los luchadores, y emergió, con mala fortuna, a los pies de un brujo de sombras grasco, que lo sintió llegar, y lo estaba esperando con una daga desenfundada. Apenas se materializó, la daga del grasco, envenenada con magia, logró herirlo en el brazo, y rompió  su armadura y la carne, que envenenó con una magia que ardía como fuego, e impedía que su propia magia cerrara la herida. El brujo subestimó a Riigvarni, y lo pagó  con su vida, cuando el ghilio lanzó su zarpa hacia la cara del grasco, y penetró hasta los sesos del miserable.

Antes de poder verlo, una espada grasca se abrió paso por su espalda, hiriéndolo desde el hombro a la cadera. Aunque lo intentó, Riigvarni no pudo sobreponerse al dolor y cayó sobre sus rodillas. El mismo grasco intentó  rematarlo, pero el antebrazo del ghilio se puso en el camino de la espada, crujiendo terriblemente al romperse en pedazos.

El grasco otra vez levantó la espada, para finiquitarlo, y Riigvarni pensó en hacerse sombras para evitar el ataque. Pero la lucidez no perduró.

La muerte era más atractiva.

Bajó los brazos y miró fijamente como la espada bajaba. La espada se sintió fría al clavarse entre sus ojos. Fría. Como el cadáver de Asil mientras él intentaba de calentarla con desesperación. Luego el cráneo entero crujió.

La abrazó.

——-

La muerte había pasado, estaba oscuro sobre el campo de batalla, y su cuerpo estaba frío, y molido por mil pasos. Riigvarni aún se encontraba allí, en alma, sin sentir, sin saber, esperando ser llamado por los dioses. Sentía como tentáculos que bajaban del cielo a clamar las almas de los más devotos, y esperaba que los creadores se dignaran a recibir un alma podrida como la suya en su presencia.

La corrosión de su alma, sin embargo, estaba cediendo. Podía sentir con más claridad, y pensar en las cosas que de verdad importaban. Podía sentir como Asil estaba presente en los dioses, y cada momento ansiaba más ser llamado, para poder comulgar con su amada en los dioses. Riigvarni se atrevió a soñar, a ilusionarse una vez más con que podría estar con su querida Asil, y que después de la muerte todo podía ser aún mejor.

Sintió como los dioses reclamaban el alma del cuerpo que se encontraba junto al suyo, y se excitó. El ghilio comenzó a repetir las oraciones que sabía, llamando a los dioses. Iba a ver a su amada Asil, ya lo sentía.

Yho y Ul iban y venían, a veces cerca de él, otras más bien lejos. Se alejaron una vez más, pero no le preocupó: ya volverían. Incluso podía ser que lo vinieran a buscar a él a continuación.

- Asil, voy camino a ti, amada mía – dijo en su alma, y casi pudo jurar que su molido cadáver se movió para reproducir sus palabras. La alegría crecía y crecía.

——-

Algo de pronto entró en la escena espiritual. Algo poderoso, como nadie en el campo de batalla había sentido alguna vez. Por un momento Riigvarni pensó que así se sentía ser llamado por los dioses, y se ilusionó. Pero no. Su alma se oprimió ante una presencia horrorosa.

Algo en esta presencia le era familiar. Sintió como es que  en ella se guarnecían la vida y muerte de miles de grascos, y supo que era el creador de los grascos, que debía venir a reclamar sus almas. Sabía que no debía temerle, porque solo Yho y Ul podían clamar su alma, pero de todas formas Riigvarni se estremeció ante el demonio. El ser tomó forma material, tan horrorosa como su forma espiritual, y comenzó a caminar por el campo de batalla, en un cadáver deformado, del cual surgían sombras abominables. El cadáver de grasco que utilizaba como marioneta se movía antinaturalmente, y desde el alma de Riigvarni, se podía sentir como exhalaba el terror más puro. El alma del ghilio quiso huir, pero estaba atado a su cuerpo.

El demonio, en su horrible cuerpo, se agachó sobre un cadáver humano, que aún tenía el alma dentro de él, y ante la atónita mirada de todas las almas presentes, robó al alma, la torció, la deformó y la hinchó, de forma tal que era irreconocible, e intentó de infundirla nuevamente en el cuerpo. Pocos segundos duró el engendro antes de que explotara. Sus músculos se hicieron añicos, lanzando los restos a cientos de metros. El demonio demostró ligeramente su frustración por fracasar en su experimento, y tras consumir el alma como si de un bocadillo se tratara, avanzó hacia el siguiente cuerpo.

No le hacía lógica a ninguno de los espectadores; un creador estaba consumiendo las almas de otros, y éstos no salían a la defensa de lo que era suyo por derecho. Riigvarni comenzó a sufrir de un terror puro y nítido como no lo había sentido antes. El demonio repitió su experimento en otro ghilio. Otra explosión. Y otra.

El demonio se acercaba cada vez más a Riigvarni. Otra explosión. El demonio se estaba poniendo de mal humor. Tomó un cadáver que estaba a solo unos metros de Riigvarni, y esta vez lo desprendió violentamente de todos sus músculos, sacándolos a tirones con las garras del grasco que estaba usando como marioneta. El alma del ghilio en cuestión estaba sufriendo más allá de lo imaginado. Miedo. Miedo tan visceral y profundo que se irradiaba a todos los que se encontraban cerca, traspasando las barreras de lo material. El miserable sabía exactamente que le sucedería, el dolor no cesaba y no habría un después. El demonio levantó el esqueleto manchando en sangre, y con jirones de carne colgando de varias partes.

El miedo del alma era demasiado. Riigvarni lloraba y rogaba en su interior por que muriera el maldito, y su propia alma pudiera hacer algo más que destrozarse por el dolor ajeno.

Por unos segundos Riigvarni se permitió distraerse, porque a unos metros un ghilio, que probablemente estaba inconsciente, se despertó, y huyó sin inmutar al demonio, demasiado ensimismado en su trabajo. El vivo corrió lo más rápido que pudo hasta perderse en la distancia.

El demonio sacudió al esqueleto de los restos más grandes de carne, pareciendo ahora que sabía lo que tenía que hacer. Lo suspendió en el aire y comenzó a dibujarle por todos los rincones del menor de los huesos, finas líneas de sombras, que parecían opacar con su oscuridad a la más profunda de las sombras. Riigvarni no podía sino observar desde su estático lugar de espectador el grotesco escenario, que nadie parecía dispuesto o capaz de detener. Los gritos del alma no pararon ni un instante, hasta que de pronto pareció desvanecerse, pero el demonio no lo permitió y con un poder inmensurable la ató a su esqueleto. Luego el demonio asió violentamente el alma, y la torció, y una vez más la hinchó. Con esmero comprimió las sombras a su alrededor para concentrar la magia, y seguir con el ritual.

En un aullido de victoria, el demonio dejo escapar por todos los poros del cuerpo que usaba, una sombra densa, tanto en el plano material como en el espiritual, y nadie supo nada por un rato. Lentamente, las sombras se disiparon en unas sombras menos intensas, e incluso pudieron vislumbrarse formas. Las almas expectantes vieron con terror como el demonio había transformado el alma de un ghilio en un monstruo, una versión aberrante y catastrófica de todos los modos posibles. El alma que hace un rato no podía dejar de sufrir, ahora albergaba el sufrimiento con algo que solo podían cotejar con el placer. Las sombras se habían metido profundamente, arraigando con completa fuerza en la esencia. Ya no era un ghilio. Era un monstruo.

El demonio esperó, y al ver que su hijo era estable, se entregó a un oscuro y quemante éxtasis, y tras contemplar su obra, se puso manos a la obra. Aún tenía una larga tarea por delante.

Unos tras otro, los ghilios difuntos fueron levantados en una terrible y dolorosa forma. Sus memorias permanecían, pero no eran ellos, estaban rotos, pero arreglados de una manera en la que no se podía adivinar el original. Eran ellos, pero no eran ellos en absoluto. Rápidamente sucumbieron al hambre de destrucción y lo que de ghilios quedaba, se deformó y quemó en la esencia superior de los baraukos.

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La miseria gobernaba su actuar. “No podrás tenerme si no eres el mejor”. Aún lo golpeaba todos los días, aún lo torturaba y lo hacía hacer las peores cosas. Debía ser el mejor, matar más, causar el mayor daño.

Riigvarni estaba muerto, mil veces muerto. Su alma era un monstruo dañado, no podía comulgar con Asil, nunca jamás. Pero en su miserable y colapsada habitación, llena de libros y papeles hasta el techo, su enferma mente encontraba un consuelo. Era lo mejor que podía ser, había retos que ya había descubierto que no podría superar, pero eso no importaba. El era un asesino nigromante, el mejor que conociera, y nadie le discutía. Vivía apartado, saliendo lo necesario para mantener su título, y poco más. El resto del día estaba trabajando en su pequeña habitación. Siempre hacía algo, no conocía el descanso. Tenía una pared especial, eso sí, llena desde el suelo al techo con pequeñas estanterías, diminutas, con cientos, miles de frasquitos azules.

Llanero

Corrían las horas de la noche y el desierto no terminaba; la arena aún corría bajo las ruedas y no había señal del destino: precisamente como debía ser. No se es renegado, y se huye de las otras alianzas, sin la capacidad de esconder siquiera un pequeño poblado como era su destino. Bretojo manejaba sin perturbación visible, y el único movimiento que hacía que no se debía al terreno irregular era una recurrente revisión de los paneles del vehículo. No había necesidad, ya que con los aparatos neurales que tenía en todo el cráneo, estaba monitoreando todo lo mecánico y digital en torno a él todo el tiempo.

En el mapa que se desplegaba en un pequeño holograma a su izquierda comenzó a marcarse una estructura: la puerta. Quedaba poco para poder terminar el tedioso trabajo de mensajero de clasificados, y descansar un poco, probablemente tomar agua que no llevara cinco días en un estanque al sol, detrás de un vehículo que de por sí ya era caluroso, andando en medio de un mar de dunas.

Pero, claro, la puerta estaba a treinta kilómetros, y por protocolos de seguridad de los renegados, por si alguien lo bastante habilidoso como para no ser detectado lo había seguido, debía terminar a pie el trayecto “Estúpidas reglas” se dijo Bretojo “si hubiera sabido que las había en todos lados, ni me hubiera molestado en abandonar a la Liga”.

Frenó con paciencia su enorme vehículo, una enorme rueda de metal que tenía un asiento colgado hacia atrás, donde se podía resguardar del camino cómodamente el piloto, a la vez que se ocupaba de sus asuntos. Controlando con su telekinesia los circuitos, desconectó los terminales de sus enormes botas de los pedales, y puso los pies en la arena por primera vez en muchas horas. Sintió como se deslizaba la arena bajo sus pies, y un escalofrío subió por su nuca; detestaba caminar en arena, era lento, se sentía aún más pesado que de costumbre, y probablemente ya habría salido el sol para cuando llegara a la puerta.

Con un comando mental y con su telekinesia, desensambló la máquina desde las placas enormes hasta el circuito más pequeño, e hizo entrar ordenadamente las piezas en su saco mágico. Saco mágico. Bretojo sería un amago pero los renegados le habían dado una herramienta mágica que revolucionó la forma en que trabajaba: el saco sin fondo, que era capaz de replicar pedazos elementales, como metal y polímeros, dándole un abasto casi ilimitado de sus componentes más recurrentes. En fin, ordenadamente, el vehículo se desvaneció dentro de la bolsa, y sin mayor espera, Bretojo se puso en marcha, corriendo a una enorme velocidad, levemente desviado respecto a su verdadero objetivo “Estúpido protocolo”.

Como amago, el cuerpo se desarrolla desmedidamente, por lo que llevar una carrera de cincuenta kilómetros por hora es fácil de mantener. Sin mayor esfuerzo, fue tomando velocidad por la arena; se decepcionó al ver que con el mismo esfuerzo, iba considerablemente más lento que en suelo sólido; pero no iba a dejar que eso lo molestara más. Estaba ya muy irritado porque además de tener trabajo de mensajero adicional por unos turnos que le debía a Jeroku, andar bajo el sol constantemente estaba resecando horriblemente su piel, ya afectada por una alergia. Tendría que cambiar sus escamas antes si es que seguía así, y a ningún garthag le agrada cambiar piel antes de tiempo, suelen quedar escamas deslustradas, y atraer hembras es un verdadero lío. Bueno, como amago se tiene la ventaja de físico exacerbado y mente aguda todo el tiempo, pero encontrar a una mujer que quiera estar con un desadaptado, y a la vez no sea musculosa y más suspicaz aún, es difícil para un amago. Bretojo le gustaban las damas finas y sumisas, pero penosamente a ellas no les gustaba él.

En sus circuitos neurales sonó una alarma; se estaba saliendo de la ruta y estaba dirigiéndose demasiado derecho hacia el objetivo. Bretojo gruño, ¿como quería el aparato que no se desviara si había una pendiente de arena al frente? a veces estos circuitos no eran tan prácticos como debían serlo. Una mejora para hacer en sus tiempos libres. Después de todo no había nada que hacer en los tiempos libres si no era recurrir a prostitutas o mejorar sus circuitos.

Al menos eso si dejaba el trabajo, suficiente para prostitutas y circuitos nuevos. Pero ahora debía ganárselo. Correr treinta kilómetros… en arena.

Perfiles: Aeromante

Una vez más, anuncio que es el último de los elementos clásicos de nuestro mundo, y las personalidades derivadas de elementos concretos terminan aquí. El Aeromante es quien por simpatía y espíritu puede controlar gases de diversa naturaleza, por simpatía y conexión mágica directa-indirecta. Así, en nuestra atmósfera un Aeromante tendría que estar en contacto con el aire si quiere controlarlo, y a través del movimiento que pueda producir soplando o moviéndose, amplificado por la magia, puede mover masas de gases similares químicamente a la que está en contacto directo con él. Por lo tanto necesitará gas en contacto con él mismo, y movimiento producido por él, lo que determina que sea directo de una manera; pero a la vez puede controlar gases similares al que está tocando, y magia, para producir vientos y corrientes. Tiene además la capacidad de simpatizar con el aire y volverse inmaterial, y la capacidad de sentir por el aire a su alrededor lo que acontece en su entorno.

Y bueno, me pareció necesario mencionarlo para reintroducir al Aeromante en su perfil. Estos magos elementales requieren para su supervivencia de velocidad y atención a todo en rededor. Tenemos entonces entre manos a unos magos cuya mente salta constantemente de objetivo, haciendo apreciaciones rápidas y ligeras sobre lo que se cruza en sus caminos. Distinto al Geomante,  no ignoran lo que no sea su foco de atención primaria, sino que saben de todo lo que los rodea, pero de manera muy difusa. La conversación con ellos es fluida, porque aunque escuchen a medias salen rápidamente con respuestas, y si meten la pata también rápido se sacan la confusión de encima. Las mentes ágiles y el conocimiento de su entorno no solo es práctico en batalla, sino en las relaciones sociales, porque saben bastante de lo que se habla en decenas de metros a la redonda [mientras sea por sonido] y responden rápido, lo que hace que los Aeromantes más arrogantes sean un verdadero dolor de cabeza.

Los tres moduladores básicos: Idiosincrasia, Individualidad y Combinación de caminos mágicos. Ya a esta altura son casi un axioma, pero como no siempre se cumplen, debo mencionarlos. El ingenio del Aeromante suele pasar inadvertido bajo el ingenio que pudiera tener cualquier individuo bien formado, pero en las razas superiores el Aeromante sobresale mucho más, mientras que en las razas Mortales la diferencia se nota más a un nivel físico, por lo que en lo que respecta a personalidad no se menciona mucho. 

Perfiles: Geomante

Un camino mágico de gran dedicación, que conecta el esqueleto arcano de las rocas, tierra, minerales y metales menores con el pozo de magia interno del mago, y permite un dominio y un apego de gran calidad con estos sustratos. El Geomante lleva un registro constante de lo que acontece con la tierra en rededor, por lo que no es raro verlos a veces perdidos escuchando lo que la tierra tenga que “decirles”.

El Geomante, aunque a veces puede divagar, está usualmente concentrado en lo que tiene entre las manos, porque su dominio elemental requiere una conexión que raya con lo arcano, por lo que a las mentes menores les cuesta enormemente manejar cantidades grandes de roca. La concentración se manifiesta en ser desatento a lo que no exige su atención inmediata, así que sumado a lo perdido que pueda ser por escuchar lo que la tierra le informa, hay que estar constantemente llamando su atención si se quiere mantener una conversación fluida con un Geomante.

Estos magos elementales pueden expresar el otro lado de la moneda también, y tener la atención completamente puesta en su objetivo, para el bien de las esposas y el miedo de los enemigos. El Geomante no prestará atención al cansancio, a los amigos ni a los enemigos [secundarios], ni al hambre ni al sueño si tiene su atención fija en algo; nuevamente, para el bien de las esposas y el miedo de los enemigos.

Más que un ánimo regenerativo, o llameante, como el del Hidromante o Piromante respectivamente, la actitud podría etiquetarse de imparable y focalizado. Hay otros que se pueden comparar con éste, pero el ánimo del Geomante no pasa por convicciones u obligaciones necesariamente, sino por la incapacidad de ver algo que no sea el objetivo. Claramente, esta característica suele poner Geomantes en las primeras filas, y no necesariamente en los círculos de estratagemas; bajo ningún aspecto puede decirse que sean tontos, simplemente no consideran todos los factores, y es ahí donde sus planes suelen encontrar sus precipitados finales.

 Al igual que en los casos anteriores, lo aquí plasmado sería el ánimo de un Fatuo [especie altamente elemental] bebé [por lo que no tiene una personalidad formada]. Pero en las especies de carne, magia o metal suele haber una idiosincrasia y una historia personal que modula los efectos de la magia, al igual que lo modifica la presencia de una combinación de caminos mágicos.

Perfiles: Hidromante

¿Qué pensamiento podría fluir por la mente turbulenta de quien domina las mareas?

El Hidromante, como mago elemental, llevado por la magia básica, es un ser más sentimental, debido a que su magia no hace sino seguir un camino. La sentimentalidad con la que actúe, claramente, estará influenciada por los múltiples factores raciales, individuales, pero de mayor proporción que en el caso del Piromante, por la mezcla elemental que se da en los Intermedios e Inmortales. Un Hidromante Mortal será muy claramente influenciado por su elemento, mucho más que en el caso de los otros magos elementales.

Lo que en el Piromante era la llama interna y la hiperactividad, en el Hidromante es la resistencia mental y la suspicacia. Como característica elemental del agua en Zarcand, la mente del Hidromante mantiene la resistencia de estado, pero la fluidez de forma. Así como un vaso de agua puede soportar casi inmutable temperatura y fuerza física, y puede fluir por resquicios; así la mente del Hidromante puede soportar ataques mágicos mentales de gran magnitud, o esquivarlo. El agua en Zarcand tiene una característica que no existe en este mundo: puede autoreplicarse; con el debido tiempo unas gotas de agua en una cantimplora pueden llenarla, y puede acelerarse el proceso con magia, lo que es una herramienta muy útil en el arsenal del Hidromante, y se manifiesta en su mente como una constante renovación de ánimos. Los Hidromantes suelen ser líderes por su fuerte carácter y su energía, derivada de la última propiedad del agua.

En las especies que pueden mezclar caminos mágicos, las propiedades del agua se pierden bastante, al ser un elemento muy neutro, fácilmente ignorado en las mezclas. Si bien no se pierde del todo, suele quedar como secundario al otro camino mágico. Un Guerrero Hidromante conservará en medida menor la autorreplicación del ánimo, ciertamente útil, pero no protagonista.

Un factor muy olvidado en los Hidromantes, por su gran templanza, es que al ser llevados a extremos, cambian. Si bien el agua puede soportar temperaturas muy elevadas, al prolongarse mucho tiempo esto o al ser muy exagerada la perturbación, se volatiliza; y al bajarse mucho tiempo o muy exageradamente la temperatura, se congela. Así la mente del Hidromante puede soportar cargas pesadas, pero en los puntos críticos, explota, o implosiona, con violencia o indiferencia a las dificultades. Aunque como hace el agua, no le toma mucho tiempo antes de volver a su estado normal cuando se quita la perturbación.

Eso es un Hidromante, por donde importa, por dentro. 

Perfiles: Piromante

¿Qué  piensa un piromante? ¿Cuáles son sus motivos?

Un piromante es un ser sentimental, con llamas en el pecho, que dan al amor, a la ira y a la confusión un combustible peligroso, que prende tan rápido como se consume. Es la magia en ellos, no es algo que se pueda controlar, casi como tener un cuerpo significa tener un peso, la piromancia conlleva ferocidad y dependiendo de la creatura, temeridad, irreflexibilidad o derechamente estupidez.

Tenemos entonces a un ser, de diversas naturalezas materiales, atado a la energía, a gases tóxicos, y a una llama interna, que entre quemar emociones y energizar [más derechamente hiperactivar] al cuerpo, conforma el mechero de mil disputas, diez mil actos irracionales, y millones de grados de temperatura, que con maestría pueden ser doblados, y manipulados como la imaginación pueda concebir, para otorgar al piromante un arma mágica, que aunque puede ser considerada burda, es el equivalente a una espada en el arsenal mágico: suele ser lo más usado, pero hay mil variedades de forma, mil materiales de las que forjarlas, mil estilos de lucha, combinaciones mortales y no tanto.

No es lo mismo hablar de un piromante thener que de un piromante garthag, las visiones de vida idiosincráticas de cada raza modularan el impulso de la llama interna. Así el Tir puede ser más animoso de lo normal, y su pacífico actuar puede verse alterado de vez en cuando; mientras el Barauko piromante será aún más violento y destructivo de lo normal. Igualmente, entre personas hay diferencias abismales; un hombre de familia, responsable y trabajador mantendrá la llama a base de hiperactividad, inquietud y fuertes lazos con sus seres queridos, mientras el ebrio y festivo podría equilibrarse entre la ira destructiva y la risa violenta, entre copa y copa. Y claro… es cosa de imaginarse como será el Namontak drogadicto en comparación con el Debios [de los cuerdos] laborioso. La energía es el factor clave, y dependiendo el sustrato en el que se asiente, el resultado de la personalidad.

Sin embargo pasamos por alto un factor adicional de variabilidad de la conducta. Si bien el factor común es la hiperactividad, puede verse disminuida, o canalizada por el factor adicional que significa -en Intermedios e Inmortales- el segundo camino mágico. Un Aeropiromante [inquieto y veloz] no tiene una personalidad comparable con la del Guerrero Piromante [ira quemante, más rápidamente irritable], o el mago de Rayo [igualmente furioso, pero un poco más frío y preciso en su actuar].

Y entonces, entre personalidad idiosincrática, personalidad individual y mezcla de caminos mágicos, tendremos una gama de personalidades muy variada, pero con un toque, un gustillo a fuego. Piromante, cambio y fuera.